- Texto breve.
- Descripción de un personaje.
- Dirigido a lectores adultos.
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El MODELISTA
Aunque el montón de libros apilados en las esquinas de los muebles y las sillas, las herramientas, los botes de pintura y los aerógrafos que se acumulan en la mesa, colocada junto a la pared, con las que construía maquetas de tanques o dioramas de la Segunda Guerra Mundial y los restos de fiambre, de alguna que otra cena rápida, hacían presuponer que Adolfo no sería capaz de encontrar nada, conocía perfectamente el lugar que ocupaba cada objeto en su salón y controlaba el caos que reinaba a su alrededor.
Prefería mantener las cortinas echadas y las persianas bajadas por lo que no entraba demasiada luz. El olor a cerrado y a humedad se había hecho más y más intenso hasta quedarse impreso en el ambiente. Le bastaba con la luz que proyectaba una lamparita de mesa pequeña que había comprado con Rosalía, su mujer, pocos meses después de su boda, hacía ya más de treinta años.
Salía poco, si acaso al baño contiguo en la planta baja de la casa, lo demás, lo que necesitaba, lo tenía en su minimundo de cinco por doce. Se pasaba las noches en vela metido en internet buscando información y tomando apuntes sobre vehículos acorazados, vestimentas de oficiales y misiones realizadas por los ejércitos combatientes en el campo de batalla europeo, durante los años iniciales de la contienda.
Era un experto también en la vida y obra de los pintores impresionistas. Durante los años felices había viajado varias veces a París para visitar el Museo d’Orsay. Guardaba recuerdos de esos viajes; varios imanes que tenía pegados en la puerta del frigorífico y revistas de arte adquiridas en las inmediaciones del museo.
Su hijo vivía en Castellón. A veces hablaba con él por teléfono. Las cosas se fueron complicando desde que murió Rosalía y la distancia hizo el resto.
En su dieta nunca faltaban el ron y la cerveza. Aun así, había perdido mucho peso. Su aspecto era descuidado e insalubre, siempre vestido con la bata azul de coralina, una camiseta térmica negra y el pantalón de pijama gris que le dejaron los reyes en las últimas navidades y que ya empezaba a perder su color y su forma. Se abrigaba los pies con unos calcetines que despedían un hedor incalificable y unas babuchas mallorquinas que arrastraba cada vez que hacía el esfuerzo de moverse por el poco espacio que quedaba libre entre muebles, álbumes de fotos y libros.
Vivía y dormía en un butacón donde releía novelas antiguas de Agatha Christie. No veía la tele, solo películas y series de HBO y Netflix, pero siempre estaba acompañado de una pequeña radio con la que se mantenía informado y al día de las noticias nacionales e internacionales. Se defendía en inglés y se le daba algo mejor el francés, fruto de su pasión artística.
Tenía una colección de discos amplia. Se juntaban en ella músicas de todo tipo, desde las obras clásicas que había coleccionado con su suscripción al “Diario de Cádiz”, hasta producciones de grupos como Rage Against the Machine o Nirvana, pasando por un gran repertorio de bandas de los ochenta, los mejores años de su vida.
Amazon prime le solucionaba sus necesidades y la chica del ultramarinos de la esquina le dejaba una caja con los productos básicos a principios de mes. Le daba buenas propinas mediante bizum y la mantenía contenta. Cristina era uno de sus pocos vínculos con el resto del mundo.
Fue ella la que alertó al 112, cuando al llamar a la puerta repetidas veces no obtuvo respuesta.

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