2026-07-08

CONEXIÓN ZAHARA. EL MODELISTA

Relatos cortos que cuentan historias de personas como tú y como yo.  

Conjunto de relatos breves sobre diferentes personajes en los que hay un punto en común, Zahara de los Atunes. Las vidas de estas personas se entrecruzan por su relación con la pequeña localidad costera del sur de la provincia gaditana.

  • Dirigido a lectores adultos.
  • Introducción a la descripción de personas, situaciones, ambientes y contextos.
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CAP. 1. El MODELISTA

 

Aunque el montón de libros apilados en las estanterías, las herramientas, los botes de pintura y los aerógrafos que se acumulaban en la mesa que había junto a la pared, con los que construía maquetas de tanques o dioramas de la Segunda Guerra Mundial y los restos de fiambre de alguna que otra cena rápida, hacían presuponer que Adolfo no era capaz de encontrar nada, conocía perfectamente el lugar que ocupaba cada objeto en su salón y controlaba el caos que reinaba a su alrededor.


Prefería mantener las cortinas echadas y las persianas bajadas por lo que no entraba demasiada luz. El olor a cerrado y a humedad se había hecho más y más intenso hasta quedarse impreso en el ambiente. Le bastaba con la luz que proyectaba una lamparita de mesa pequeña que había comprado con Rosalía, su mujer, pocos meses después de su boda, hacía ya más de treinta años. 


Salía poco, si acaso al baño contiguo en la planta baja de la casa, lo demás, lo que necesitaba, lo tenía en su minimundo de cinco por doce. Se pasaba las noches en vela metido en internet buscando información y tomando apuntes sobre vehículos acorazados, vestimentas de oficiales y misiones realizadas por los ejércitos combatientes en el campo de batalla europeo, durante los años iniciales de la contienda. 


Era un experto también en la vida y obra de los pintores impresionistas. Durante los años felices había viajado varias veces a París para visitar el Museo d’Orsay. Guardaba recuerdos de esos viajes, fundamentalmente, varios imanes que tenía pegados en la puerta del frigorífico, montones de fotografías y revistas de arte adquiridas en las inmediaciones del museo. Todavía mantenía la suscripción a “Descubrir el arte” una publicación mensual especializada en exposiciones y biografías de los maestros de la pintura contemporánea.


Ya había cumplido los sesenta y cuatro. Estaba jubilado. Podía permitirse vivir bien gracias a que además de su pensión mantenía alquilada una vivienda en Zahara de los Atunes por temporadas. Durante el invierno los inquilinos eran docentes interinos que llegaban al colegio Miguel de Cervantes, destinados por un curso. En verano alquilaba a una familia de segovianos que repetía año tras año en el pequeño pueblecito de la costa gaditana. 


Nadie diría que echase de menos la docencia que había practicado durante más de tres décadas como profesor de historia en el instituto Manuel de Falla. En los últimos cursos había sido muy crítico con la evolución de la educación que se impartía en los centros docentes y fundamentalmente, en la etapa secundaria y bachillerato. Decía que estábamos fabricando generaciones de imbéciles, analfabetos y golfos y terminaríamos pagándolo.


Su hijo vivía en Castellón.  A veces hablaba con él por videollamada. Las cosas se fueron complicando desde que murió Rosalía y la distancia hizo el resto. Sabía de su nieto, de apenas unos meses, por las fotografías que le había mandado Lola, su nuera, con la que siempre se había llevado muy bien. Lola trataba de intermediar entre padre e hijo constantemente.


Odiaba cocinar pero le gustaba comer. En su dieta nunca faltaban el ron y la cerveza. Aun así, había perdido mucho peso. Su aspecto era descuidado e insalubre, tenía barba de varios días y no le hubiera venido mal la ducha de manera más asidua. En casa, la cesta de la ropa sucia siempre a rebosar, el fregadero lleno de sartenes y platos que esperaban a ser metidos en el lavavajillas, la basura por sacar acumulada en una esquina de la cocina y al suelo de la casa le hubiera venido bien una escoba y una fregona. 


Siempre vestido con la bata azul de coralina, una camiseta térmica negra y el pantalón de pijama gris que le dejaron los reyes en las últimas navidades que fueron navidades y que ya empezaba a perder su color y su forma. Se abrigaba los pies con unos calcetines que despedían un hedor incalificable y unas babuchas mallorquinas que arrastraba cada vez que hacía el esfuerzo de moverse por el poco espacio que quedaba libre entre muebles, álbumes de fotos y libros.



Vivía y dormía en un butacón donde releía novelas antiguas de Agatha Christie, Pérez Reverte, Delibes y otros clásicos. Tenía una buena selección editorial no muy amplia, pero sí de calidad. No veía la tele, solo películas y series de HBO y Netflix, pero siempre estaba acompañado de una pequeña radio con la que se mantenía informado y al día de las noticias nacionales e internacionales. Se defendía en inglés y se le daba algo mejor el francés, fruto de su pasión artística.


Era un brillante jugador de ajedrez. Estudiaba aperturas y finales a un nivel enfermizo. Jugaba contra un selecto grupo de contrincantes de todo el mundo con los que coincidía en internet.


A estas alturas mantenía su pasión por el Atleti. Esa pasión por el club del Metropolitano que le había llevado a viajar a Madrid intermitentemente para disfrutar de los partidos en el Calderón junto a los compañeros de la peña años atrás.



Su colección de discos era muy extensa. Se juntaban en ella músicas de todo tipo, desde las obras clásicas que había coleccionado con su suscripción al “Diario de Cádiz”, hasta producciones de grupos como Pearl Jam, Rage Against the Machine o Nirvana, pasando por un gran repertorio de bandas de los ochenta, los mejores años de su vida. 


Se le daba muy bien moverse en las aplicaciones del banco, usaba el móvil con destreza. Tenía un blog personal en el que daba su visión de temas relacionados con la actualidad política, la educación y el arte, en el que seguía haciendo entradas al menos una vez al mes. Últimamente andaba descubriendo lo que la inteligencia artificial podría llegar a hacer. Eso le provocaba un interés enorme y le estimulaba, ya que siempre lo había visto como una oportunidad y no como una amenaza. Era un enamorado de la cultura, los inventos y la tecnología. Pensaba que si había futuro, debía de ser gracias a las soluciones que nos debería dar la investigación médica y ambiental. 


Amazon prime le solucionaba sus necesidades y la chica del ultramarinos de la calle Real le dejaba una caja con los productos básicos, conservas y embutidos loncheados a principios de mes. Le daba buenas propinas mediante bizum y la mantenía contenta. Cristina era uno de sus pocos vínculos reales y cercanos con el resto del mundo.  Fue ella la que alertó al 112, cuando al llamar a la puerta repetidas veces no obtuvo respuesta. 


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Imágenes: El modelista/ La afición. Creada por BGP con ChatGPT.

Idea original de Benito García Peinado para Cuatroemes ediciones.


1 comentario:

  1. La página está en constante revisión. Si no encuentra lo que busca o detecta algún fallo, por favor, contacte con cuatroemes ediciones. Gracias.

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